LA OFENSA MÁS GRANDE CONTRA LOS MEXICANOS

En la Basílica de Guadalupe a las 18:00 hrs., del 2 de febrero de 1848, bajo los ojos de la Patrona de los Mexicanos, testigo designado por el ejército estadounidense para presenciar la vergüenza de la derrota e inferioridad de su pueblo, se firmó el “Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre la República Mexicana y los Estados Unidos de América” llamado popularmente Guadalupe-Hidalgo.

Con este tratado México perdió Texas, el territorio entre los ríos Nueces y Bravo, Nuevo México y Alta California (hoy Texas, California, Nuevo México, Nevada, Arizona, Utah, Colorado y parte de Wyoming, Kansas y Oklahoma). Así, quedó reducido el territorio de México a menos de la mitad del que tenía al momento de la consumación de su independencia en 1821 y de una tercera parte del que poseía al iniciar el siglo en 1800.

Los mexicanos que quedaron del otro lado de la nueva frontera, vivieron en adelante como una minoría marginada social y culturalmente, bajo el dominio autoritario y discriminatorio de una mayoría protestante y racista. Serían objeto de hostilidad, vejaciones, abusos y despojos de sus bienes y tierras sin posibilidad real de defensa. Peor suerte tuvieron los hermanos indígenas, cuyo genocidio fue inhumanamente sistemático mediante la guerra o la extinción de sus fuentes alimenticias, como los bisontes que de casi cien millones solamente quedaban 750 en 1890; los pocos indígenas sobrevivientes serán presos en inhóspitos terrenos llamados reservas. Valentín Gómez Farías escribiría a sus hijos: “La venta infame de nuestros hermanos está ya consumada, Nuestro Gobierno, nuestros representantes, nos han cubierto de oprobio y de ignominia.”

La ofensa más grande contra los mexicanos y el trato indigno que les dio el ejército invasor, solamente pudo ser posible ante una desastrosa y en muchos lugares inexistente defensa. Durante la guerra contra los estadounidenses tuvimos siete presidentes, uno de ellos, Paredes, fue encarcelado; seis generales dirigieron el ejército; se cambió la Constitución y la forma de gobierno en plena guerra; estallaron varias revoluciones; sólo 7 de los 19 estados mexicanos contribuyeron con soldados, armamento y dinero a la guerra; y en muchas ciudades, como Puebla, no solamente no hubo defensa, sino que se hostigo al ejército mexicano y se recibió al invasor con flores y vítores.

Aun ante la catastrófica defensa, según señala Brian Hamnett en Historia de México: “Las tres fuerzas de invasión estadounidenses experimentaron considerables bajas… Los Estados Unidos pusieron en el campo 104,556 hombres entre regulares y voluntarios, pero 13,768 murieron… lo que representa la más alta tasa de mortandad de las guerras combatidas por los Estados Unidos en su historia.” Además miles de soldados invasores desertaron o se pasaron a luchar al lado mexicano, hecho solamente explicable por los malos tratos de los oficiales estadounidenses a sus reclutas católicos, quienes al ver las abominaciones del ejército norteamericano contra niños, mujeres, monjas, conventos e iglesias se identificaron con los mexicanos.

Ingenuos y traidores pregonaron la mentira de que había el riesgo de que todo México iba a ser anexado, cuando el mismo General Scott escribió en su diario: “Es necesario…salir de éste país, lo más pronto posible…porque es imposible una ocupación, simplemente no tenemos las fuerzas necesarias, ni capacidad para ocupar éste país.” De enfrentar los invasores una “extraña” y tibia defensa del ejército mexicano, durante la ocupación sufrieron grandes pérdidas por revueltas populares en California, Baja California, Nuevo México y centro del país, y por las guerrillas del Cura Católico Celedonio Domeco Jarauta, Joaquín Rea y los rayados de Veracruz, por citar algunas.

La guerra además de las ganancias económicas incalculables que le produjo a los Estados Unidos, lo hizo una potencia mundial, con un vasto y fértil territorio rico en oro, plata y petróleo; probó la eficacia de su ejército profesional y bien armado, capaz de ganar guerras en el extranjero mediante nuevas estrategias y tácticas como las operaciones combinadas mar-tierra, que utilizará exitosamente en sus siguientes guerras de expansión; y confió en continuar su fe ideológica de su “destino manifiesto” para luego hacerse de Alaska, Hawaii y Filipinas.

Pero también produjo, según algunos pensadores norteamericanos como William Jay: una gran concentración de poder en el ejecutivo y su ejercicio arbitrario, inconstitucional y antidemocrático. «… durante una guerra el Presidente de los Estados Unidos queda relevado de toda restricción constitucional cuando actúe fuera de los límites del país …así la guerra, puede resultar en lo futuro un aliciente irresistible para que ese funcionario hunda al país en la guerra y posponga el retorno de la paz.” Los Estados Unidos se convertirán en la mayor nación militarista de la historia y combatirán muchas guerras tan injustas e inmorales como la mexicana, iniciadas por su presidente y toleradas por sus ciudadanos. De los 45 presidentes de los Estados Unidos solamente dos han cumplido su gobierno en paz. Buscar un enemigo es para ellos una necesidad.

La guerra fue una terrible desilusión para los mexicanos que habían considerado a los Estados Unidos como ejemplo y guía de sistema político republicano; de quien solo se esperaba amistad y ayuda por compartir su ideología, del país de las libertades, únicamente se pudo ver un rostro racista, militarista e imperialista. Sin embargo, México también encontró en Estados Unidos amigos como Abraham Lincoln, quien se opuso con ahínco a la guerra y al despojo.

Hoy, 2 de febrero del 2017, cuando las noticias que genera un nuevo presidente en los Estados Unidos llena de nerviosismo e inseguridad nuestro ambiente, es hora de recordar, que un México unido es tan fuerte y poderoso, que nunca se nos podrá obligar a firmar un tratado en nuestro perjuicio y menos serán testigos de una tibia defensa nuestros padres, hijos y lo más sagrado para nosotros.

 

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